Entre la desigualdad y el COVID-19

Por Jacqueline Madrazo

Rosario Morales tiene 70 años de edad, es cubana. Ella vive en el barrio de Pueblo Nuevo, en La Habana, junto a su hija y sus dos nietas. Ahora se encuentra jubilada después de haber trabajado más de 40 años. Hoy padece de varias enfermedades: es hipertensa, diabética, tiene problemas de azúcar y ha tenido otros problemas de tipo cardiovascular. 

Por estos días en el que la pandemia del COVID-19 mantiene a la mayoría de las personas en Cuba entre la incertidumbre, la escasez y la desesperanza, ella no esconde el llanto ni disimula la tristeza, pues es parte de los grupos más vulnerables de la sociedad. Además de vivir en Centro Habana, uno de los municipios con más desigualdad social en el que la población negra y mestiza está olvidada por las autoridades. 

Vecina del barrio de Pueblo Nuevo donde se viven de manera agitada el día a día, donde el mercado informal es parte del paisaje y la supervivencia. Los días de Rosario transcurren en un cuarto de pequeño desde hace más de 50 años. Ella está registrada como caso social en la Dirección Municipal de la Vivienda del municipio de Centro Habana. 

Rosario entre el llanto y la rabia nos cuenta: “En La Habana hay todo un negocio inmobiliario desde las propias instituciones del Estado que se transforman en ilegalidades, cadenas de corrupción que afectan a los más pobres, a los que no reciben remesas, a los que peor vivimos, a los que hemos trabajado toda una vida, a las personas negras pero también a los blancos pobres. Yo ya no puedo más. He sido militante de la juventud desde los 24 años, fundadora de la Federación, de que me ha servido tanto sacrificio y entrega. Desde diciembre estoy con la azúcar que ni me baja pues vivo con la pesadilla de que un día podamos amanecer aplastado por los escombros y ahora me siento más expuesta ante esta terrible pandemia”.

Y continúa diciendo: “Las condiciones de hacinamiento en la que estamos viviendo los vecinos en la zona donde vivo no nos protege de enfermedades parasitarias, la falta de recursos para la higiene nos expone a más enfermedades, pues aquí tenemos problemas con el agua.  Es difícil aquí entre nosotros poder cumplir la medida de distanciamiento social en un espacio de cuatro por cuatro donde no tenemos privacidad”.

Para Rosario es una realidad muy dura. Ha perdido la esperanza de ver vivir a sus dos nietas en un ambiente saludable. Y continua desahogándose: “10 años después de haber declarado el expediente nuestro como caso social extremo, la dirección Municipal de Vivienda de Centro Habana le comunicó a mi hija que hemos dejado de ser caso social extremo frente a otro expedientes”. Mucha humedad y polvo está afectando la salud de Amanda, la más pequeña de las nietas de Rosario, sin contar que tienen un servicio sanitario deficiente.

Todos los días al levantarse Rosario, que confiesa ser  hija de Yemaya, la patrona del mar de la santería cubana, se arrodilla ante su altar espiritual y le pide a sus santos que le permita tener una vejez más digna pues ella junto a su hija y sus dos nietas están pagando caro por estos días el precio de la desigualdad. 

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