La tercera edad del racismo vs. COVID-19

Por Deyni Terry.

El envejecimiento, conocido también como senectud o tercera edad, es un proceso antropo-social, que se refiere a la edad máxima que alcanza un ser humano. Etapa que se acompaña de cambios a nivel físico, emocional y social.Puesto que no todos los individuos envejecen de la misma manera, en este análisis, nos hemos apropiado de un término conocido derivado de la degeneración, para hablar de la edad del racismo específicamente en Cuba; ya que, en este contexto, como sucede con el progreso del envejecimiento, se manifiesta de diferentes formas al incidir en la población cubana. 

La diferencia está en que en el envejecimiento antropológico basado en las últimas décadas de la vida de las personas, se presta atención y se trazan notorias políticas públicas, en tanto el racismo ha alcanzado tantos años como para considerarse un anciano, pero no encuentra acciones concretas que apunten a modificar los factores de riesgos que lo potencian.

Desde antes de 1959, el racismo era una problemática social en Cuba. Hoy, el racismo sigue siendo un problema social en la isla. En medio de ese escenario, las mujeres negras se ven desfavorecidas por la falta de acceso a mejores condiciones de vida en lo económico y lo social. No basta solo la voluntad política del Estado cubano, se necesita buscar soluciones para disminuir las tensiones culturales. Sin embargo, preocupa, que se desatienda, que se muestre poca paciencia y cansancio, porque siendo así, este anciano, llamado Racismo, no va a encontrar cura y va a ser tratado con mano suave, para permitir que otros sigan viviendo de proliferar acciones cada vez más difíciles de erradicar en la sociedad.

Dada esta desventaja, un racismo envejecido y persistente, se encuentra con la llegada de un virus que ha dejado emerger la asfixia, que, en un estado de emergencia, agrede con más fuerza a un grupo poblacional importante y vulnerable. Las mismas mujeres que no tenían una base económica sólida para subsistir ante las carencias, las quedependen de su único ingreso para el sostén de la familia, las peores ubicadas en la pirámide del desarrollo socioeconómico.

Históricamente, las mujeres negras viven en las peores casas, los barrios con limitaciones, asentamientos poblacionalesemergentes creados por personas de bajos recursos para subsistir, hacinamiento, inmuebles con alto índice de intercambios intergeneracionales que provocan barreras de comunicación, violencia doméstica, económica, psicológica, entre otras . Estos escenarios se encuentran a interno de municipios o barrios de una gran urbe como Vedado, Playa, Habana Vieja, Centro Habana; sin embargo, se finge no ver las diferencias existentes respecto a las mujeres negras y se intenta justificar con que quienes defienden los temas de derechos de las personas afrodescendientes buscan la desunión de la sociedad cubana; justificación desmedida para evadir la responsabilidad social y gubernamental.

Lo cierto es que la vida diaria de este grupo poblacional discurre sin un ápice de intento de resarcimiento al daño histórico.

En medio de un régimen económico de difícil progreso, las mujeres son víctimas de racismo, que las sumerge en escenarios poco atendidos. La violencia intrafamiliar continúa siendo un problema gradual y su incidencia en la Cuba de hoy las coloca ante un fenómeno de difícil asimilación, que alcanza dimensiones alarmantes. 

El hecho de que tengamos predisposiciones para hablar del viejo racismo, y que la temática después de tantos años aún denote agresividad, no solo nos coloca en un espacio violento por naturaleza; sino que grita la urgencia de cambiar para mejor el  respecto hacia las mujeres negras.

Desde mi percepción, estamos frente a un problema social del que se desprenden diferentes aristas, pero es tanto el tiempo que se ha pasado hablando sobre la discriminación racial que realmente ya, debería pensarse con rigurosidad en la aplicación de la ley a quien agreda a una mujer por el color de su piel y a la implementación de acciones que denoten interés gubernamental[1].

El racismo hacia las mujeres negras en Cuba siguen viéndose como la punta del iceberg, cuando en realidad ha emergido y ya se puede tocar con las manos. Las personas que participan en la toma de decisiones fingen que el problema no existe, mientras los ataques racistas son cada vez más latentes. No solo en redes sociales, que, en tiempos de la pandemia, dejó emerger en los espacios virtuales el supuesto hielo sobre el tema, también en el actuar de algunos funcionarios estatales, en el accionar de miembros de la policía, en el mapa del emprendimiento en Cuba, en los ataques sufridos por las mujeres por parte de cubanos residentes en la isla y de aquellos que decidieron domiciliarse en Miami, y sobrepasaron los límites de lo usual.

Tal vez lo más severo en la etapa del Covid-19 es precisamente que la violencia ha ido adoptando formas cada vez más complejas y letales. El feminicidio, los ataques físicos, el acoso. A ello se une, que, si comparamos la comunicación, y el tratamiento a la mujer con el tiempo en que los hombres en la comunidad primitiva se batían con flechas y arcos; nos quedamos estupefactos, porque hoy la violencia reinventa cosas, de acuerdo con el propio desarrollo de la humanidad.

Por ello la pandemia, contra ese racismo enraizado y envejecido, ha sido solo una parte del problema. Hasta cuándoserán las mujeres negras en Cuba las que no encuentran espacios para establecer sus negocios, las que aparecen representadas en el parlamento, pero no tienen voz para sus iguales, las que no pueden pensar ante el acto de violencia diaria, porque tienen primero que dialogar con las circunstancias para saber que darán de comer a sus hijos.

La pandemia azotó a la tercera edad, pero no mató al racismo milenario. Es tiempo, que la discriminación se vea como una formacruda de violencia, de esa violencia, que para resolverse debe ser vista desde una perspectiva interactiva, social, multicausal, como un proceso, que necesita de armas igualmente sofisticadas para erradicarlo. Porque no existen soluciones fáciles, pero la magnitud de lo que está pasando en Cuba, con las mujeres afrodescendientes, requiere la adopción de medidas inmediatas, ya que la mera permanencia del racismo social en la población, su envejecimiento social, es una violación de los Derechos Humanos, inherente a cada persona, que afecta directamente a las mujeres negras.


[1] El artículo 295 del Código Penal que sanciona la Discriminación Racial y otras formas conexas de intolerancia ,esprácticamente letra muerta. El único caso que llegó hasta denuncia radicada,concluyó con una multa para el infractor.

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