¿Por qué las mujeres permanecen en relaciones de violencia?: una mirada desde la Psicología

Por Kirenia Flores.

En nuestra vida diaria, ya sea en las comunidades donde vivimos, o en diferentes lugares de Cuba, hemos escuchado noticias sobre el maltrato que reciben algunas mujeres en manos de sus parejas, exparejas u otro miembro de la familia. 

Cuando escuchamos de casos de violencia hacia una mujer o de feminicidio, no solo nos indignamos, sino que comienzan a surgir frases como: ¿por qué deja que le haga eso?, ¿en mi caso yo no lo permitiría?, ¿cómo pudo aguantar tanto tiempo?, entre otros comentarios. 

Si bien es cierto que, en la mayoría de los casos, la víctima es la mujer y el agresor es el hombre, de allí la razón de que se le exija al Estado cubano una ley que proteja a las mujeres frente a hechos de violencia. 

Dinámica de la violencia familiar

Es importante que entendamos que ocurre dentro de un ambiente familiar de violencia, para así comprender por qué la mayoría de las víctimas permanecen al lado de su agresor. 

Primero, la violencia familiar o intrafamiliar tiene un carácter cíclico[1], conocido como el círculo de la violencia, y este está compuesta en tres fases: 

  1. Primera fase: denominada la acumulación de tensión, en la que se producen diversos episodios que llevan a roces permanentes entre los miembros de la pareja, con un incremento constante de la ansiedad y la hostilidad.
  2. Segunda fase: denominada episodio agudo, en la que toda la tensión que se había venido acumulando da lugar a una explosión de violencia que puede variar en su gravedad, desde un empujón hasta el feminicidio.
  3. Tercera fase: denominada “luna de miel”, en la que se produce el arrepentimiento, a veces instantáneo por parte del hombre, dándose un pedido de disculpas y la promesa de que nunca más volverá a ocurrir el hecho de violencia. Al tiempo vuelven a suceder los episodios de acumulación de tensiones, y el ciclo se vuelve a iniciar.

Segundo, con el tiempo aumenta la intensidad de la violencia que podría llegar hasta un feminicidio. 

Debemos entender que la violencia comienza de una forma muy sutil, casi imperceptible a la lógica de la víctima, desde una agresión psicológica. Ataca en primer momento la autoestima de la mujer, ridiculizándola, humillándola ante terceros, se ríe de ella, la ignora y en muchas ocasiones la hace pasar como invisible, como alguien que no existe. 

Al principio la violencia no es física, pero si ocasiona mucho daño psicológico, debilitando así los mecanismos de defensa psicológicos de la víctima. Es cuando comienza a crecer el miedo de hablar, de salir o decir algo; comienza a sentirse deprimida y débil.

Luego aparece la violencia verbal, que viene a reforzar la agresión psicológica y se basa esencialmente en amenazas. En este momento la agresión es tan fuerte que provoca en la víctima desequilibrio emocional, depresión e incluso ideas suicidas. Las amenazas van dirigidas esencialmente a ocasionar algún daño físico, ofensas, e incluso infundir ideas suicidas a la víctima por parte del propio agresor, creando así un clima constante de miedo. 

Comienza posteriormente la violencia física. Los golpes, jalarle del pelo, pellizcones, cachetadas, empujones que la llevan incluso a caer al suelo y luego a propinarle patadas por todo el cuerpo de la víctima, las violaciones sexuales, etc. 

No podemos descartar o asegurar que este ciclo de violencia solo se presenta en un grupo específico de víctimas, ya que, sin importar el color de piel, la religión, la clase social y económica, el nivel cultural, la cultura en sí; las mujeres son el grupo humano más vulnerable a sufrir de violencia en cualquiera de sus expresiones. 

La manera más efectiva de romper con el ciclo de violencia es a través de terceros; es decir con la ayuda de la familia, amigos, médicos, psicólogos, trabajadores sociales, abogados, policías, el Estado, etc.

Factores asociados a la permanencia en relaciones violentas

Algunos de los factores que inciden en que una mujer, que aparentemente no tiene necesidad de soportar situaciones violentas, lo haga son el entorno familiar en el que la mujer creció, el nivel de autoestima que posea, el apoyo familiar que recibe, la percepción que tenga de las relaciones de pareja y la sociedad en la que vive.

Debemos comprender que no podemos asumir comportamientos o conductas que no hemos aprendido, de ahí la importancia de entender a las víctimas de violencia doméstica, y no juzgarlas o exigirles algo que simplemente desconocen. Estas mujeres no ven las relaciones de pareja como lo hace el resto. Al menos no con la misma intensidad y amor propio. 

Existe un amor platónico e idealizado por parte de las mujeres violentadas, derivado de la educación de los padres, la escuela y la sociedad en general. Constituyen estereotipos, sueños y fantasías amorosas que se escapan mucho de la realidad y que se centra en el amor al otro, descuidando el amor propio. Aquí comienza a surgir la dependencia emocional, y creemos que nuestra felicidad se debe a otros y no a una misma. 

Se les enseñan a las mujeres a sacrificarse por los otros, a comprenderlos, a amarlos,  a dedicarse a la pareja; pero no se enseña a quererse a una misma, amarse y a aceptarse tal y como una es. 

Esto incluso puede ser observado en los medios de entretenimiento como las novelas, series de televisión, pero que indudablemente contribuyen a la idealización de la pareja perfecta, el hombre perfecto o el príncipe azul que trepará por la persiana a rescatar a la princesa. Enseñanzas que son inculcadas desde que una mujer es niña. 

Las principales ideas acerca de este tipo de amor que se han inculcado se caracterizan por[2] la entrega total, idealizar a la otra persona, no aceptando la existencia de ningún defecto, vivir experiencias muy intensas de felicidad o de sufrimiento, depender del otro y adaptarse a él, postergando lo propio, sentir que cualquier sacrificio es poco si se hace por amor al otro, perdonar y justificar todo en nombre del amor, consagrarse al bienestar del otro, pensar que es imposible volver a amar con esa intensidad, etc.

A esta forma de concebir el amor, le sumamos una autoestima baja o desvalorización. Muchas circunstancias familiares responden a un contexto social estructurado a partir de la inferioridad y marginalidad de la figura femenina. Se establece un círculo vicioso en el que las experiencias negativas vividas en la familia se intensificarán por los factores sociales y culturales que establecen la discriminación de la mujer[3].

La familia es un pilar fundamental en el fortalecimiento de la autoestima en cualquier niña. Si la familia no ayuda a que la niña desarrolle adecuadamente su personalidad, y que no crezca creyendo en él mismo; cuando la niña sea adulta irá arrastrando el sentimiento de inferioridad ante los demás y justificará positivamente las acciones de los demás hacia ella.

Algunas de las vivencias de una mujer de baja autoestima son sentirse inferior y creer que los demás son más inteligentes, más capaces o tienen más suerte, se compara siempre de manera negativa con los otros, se siente perdida, abandonada e inútil, aunque obtenga elogios, premios y títulos, se tiene desprecio y duda siempre de sí misma, se siente insignificante, fea, frágil, desvalida, defectuosa, muy gorda o muy flaca, pero siempre mal.

Cuando una persona se siente capaz y valiosa porque ha sido aceptada desde que nació, puede reconocer su derecho al respeto y a la defensa de sus necesidades. Se siente dispuesta y capaz de afrontar los problemas. Se permite equivocarse, aprender, rectificar y seguir adelante sin sentir desconfianza de sí misma. Cuando le va bien disfruta y se siente contenta consigo misma, pues tiene conciencia de que posee méritos legítimos.

Podemos decir que una persona así tiene una buena autoestima. Confianza y respeto por la propia persona son la base de la autovaloración positiva. Está centrada en un sentimiento que expresa la valoración y el conocimiento de la capacidad y de las cualidades personales reales, incluyendo una evaluación no exagerada de sus limitaciones o defectos humanos.

Cuando la individualidad, con sus rasgos, sus proyectos y sus ideas, deja de ser el eje de vida para que otra persona ocupe totalmente ese lugar, se produce un desequilibrio y un vacío interior, la anulación de la personalidad y la gestación de una enorme dependencia. Todo lo que dice, hace o piensa el otro pasa a ser vital para la seguridad de la mujer. La extrema necesidad de aprobación y la esclavización espiritual y hasta física (“no salgo por si llama justo en ese rato”) llevan a un estado de inquietud permanente. Todo se vuelve amenazante para ese amor dependiente (¿y si él se cansa, se aburre, compara, descubre …?).

Las mujeres involucradas en estas situaciones, impulsadas por su desvalorización, no perciben la humillación que implica el esfuerzo de intentar arrancar amor, interés o cuidados auténticos a quien no puede o no quiere darlos o sentirlos. Es por ello, que esas mujeres en vez de protegerse continúan al lado de su agresor, justificando incluso sus agresiones y les duele dejarlos solos. Olvidando así que lo más importante es el amor propio que deberían tener estas mujeres y vivir en relaciones donde se respete su vida, libertad y derechos.


[1] ¿Por qué las mujeres permanecen en relaciones de violencia?, Sabina Deza Villanueva, 2012.  

[2] ¿Por qué las mujeres permanecen en relaciones de violencia?, Sabina Deza Villanueva, 2012.  

[3] ¿Por qué las mujeres permanecen en relaciones de violencia?, Sabina Deza Villanueva, 2012.  

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