Ser una sobreviviente en Cuba

Por Jacqueline Madrazo.

A María Mercedes le asusta más no contar con alimentos de primera necesidad para alimentar a sus dos hijos pequeños que la crisis sanitaria provocada por la Covid-19,  que aún afecta a la sociedad cubana. 

María es una mujer de 42 años, alta. Se identifica como afrodescendiente y  es quien vela por su familia. Vive con su madre, quien vino hace dos años de la provincia de Santiago de Cuba a la capital cubana. Ellas se instalaron en un asentamiento de la periferia de La Habana. María es madre soltera, y depende del trabajo informal que le permite subsistir a ella y su familia. 

Con mucho esfuerzo, ella logró graduarse de una carrera profesional, pese a la difícil situación económica de su familia. Debido a la actitud machista y dominante de su padre, desde muy joven debió enfrentar la vida. Ella siempre tuvo muy claro que la violencia familiar  que marcó a su madre no le afectaría a ella a futuro.

Ella es una joven profesional, graduada de Licenciatura en Economía. María trabaja como empleada doméstica en dos casas del municipio Playa, casas que se alquilan para extranjeros. 

Tres veces a la semana limpia las inmensas casas en el Municipio Playa. El dinero que obtiene de este trabajo le sirve para cubrir las necesidades inmediatas de la economía familiar.  En los textos escolares le enseñaron que gracias a la Revolución las relaciones de dominación habían desaparecido, así como el racismo y la discriminación hacia las mujeres. Sin embargo, pronto la vida le enseñó que las mujeres están expuestas a hechos de violencia, que vivía en un mundo de hombres, y que la pobreza y la desigualdad afecta sobre todo a las mujeres. 

A diferencia de otros ciudadanos cubanos, ella no tiene un familiar en el extranjero que pueda ayudarla a través de las remesas familiares. No cuenta con un empleo que le permita mantener una situación económica estable.  Ella considera que, en el contexto cubano, las mujeres, por evidentes razones, siguen siendo una de las poblaciones más vulnerables de la isla. 

Desde que comenzaron las medidas de aislamiento y distanciamiento social se ha visto obligada a caminar diariamente largos kilómetros entre los municipios de San Miguel del Padrón y Plaza de la Revolución para comprar alimentos y productos de higiene de primera necesidad, los que solo son posible encontrar en las tiendas que aceptan dólares o pesos convertibles cubanos (cuc). Algunos de los productos que ella suele comprar los destina para el consumo familiar; los otros los vende a sobreprecio para mantener la economía familiar que se vio afectada debido al recorte del  pago de su salario laboral en un 60 por ciento. Ella, como muchas mujeres cubanas, se considera una sobreviviente, pues la presión psicológica de buscar alimentos, medicinas y aplicar prácticas de autocuidado para la familia es una carga que sobrelleva todos los días al final de cada jornada. 

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